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martes, 8 de marzo de 2011

‘Alicia en el país de las maravillas’ corona a Wheeldon como el gran coreógrafo inglés

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© ROH (ALICE IN WONDERLAND_Zenaida_Yanowsky_papel_Reina_Corazones)

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DANZA

‘Alicia en el país de las maravillas’

corona a Wheeldon como el gran coreógrafo inglés

El estreno en Covent Garden lo co-protagoniza con gran éxito la bailarina canaria Zenaida Yanowsky en el papel de La Reina de Corazones

ROGER SALAS

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La Alicia de Lewis Carroll está de moda en el ballet anglosajón. Dos compañías americanas y tres inglesas en los últimos años se han embarcado en versiones de este clásico con pequeñas variaciones en el título, desde un escueto Alice a secas o Alice’s in wonderland. El primero fue Derek Deane en el English National Ballet en 2000, obra repuesta en 2006 y 2008. En 2002 Serguei Kozadeyev hacía su versión en el Salt Creek Ballet (Illinois). En 2010 Lisa Sheppard Robson se embarcaba en la que ha sido la mayor producción del Gwinnett Ballet Theatre (Atlanta). Otra vez en el Reino Unido, el Royal Ballet de Londres en Covent Garden estrenó el pasado día 2 de este mes Alices’s adventures in wonderland, versión de Christopher Wheeldon protagonizado por Lauren Cuthbertson como Alicia, Serguei Polunin como el Jardinero/Sota de Corazones, Zenaida Yanowky como La Reina de Corazones y el reputado actor Simon Russell Beale como La Duquesa, que ya había participado en 1999 en una adaptación para la televisión de la obra de Lewis Carroll. Se espera también con gran expectación el estreno de la coreografía de Ashley Page el próximo 12 de abril en el Teatro Real de Glasgow con el Scottish Ballet y una música de encargo a Robert Moran.

A pesar de lo exótico de su apellido, Zenaida Yanowski es una canaria nacida en Lyón coyunturalmente, pues sus padres eran bailarines y trabajaban en la compañía de la Ópera de esa ciudad francesa (tal como Tamara Rojo nació en Canadá por las mismas razones: sus padres trabajaban en ese país de Norteamérica). El hermano de Zenaida, Yuri Yanowsky, es primer bailarín del Ballet de Boston. Zenaida es en cierto sentido una olvidada para los españoles, ha bailado poquísimo en nuestro país y tiene una sólida carrera mundial. En 1993, después de ganar medallas y asistir a concursos como una revelación, estuvo un año en la Ópera de París pero enseguida, en 1994 encontró su sitio en el Royal Ballet de Londres, donde pasó por todos los escalafones hasta llegar al de primera bailarina que ostenta hoy. Su esbelta figura, la fuerza de sus puntas, la determinación y limpieza de su baile le han merecido elogios de la crítica en roles particulares y complejos, como Myrtha Reina de las Willis de Giselle o El Hada de las Lilas de La Bella Durmiente, tanto como La Reina de las Dríadas de Don Quijote. Podríamos hablar de una bailarina con majestad, un adjetivo vernáculo que se usaba para designar a esas artistas capaces de dominar la escena (también su Odette-Odille de El lago de los cisnes es impactante), como lo hace en Alicia… de Wheeldon, ya que este coreógrafo la tenía como su as secreto en la manga y por eso la escogió para debutar en el primer cast del prismático papel de La Reina de Corazones, diseñada toda en riguroso rojo, de la peluca a las puntas pasando por el tutú y las mallas. Otra vez la crítica no ha escatimado elogios a Zenaida, que soporta gran parte de la obra en la dinámica y la aceleración de su baile, donde Wheeldon, cediendo a las exigencias de un público balletómano que conoce a fondo, ha creado para el personaje de La Reina de Corazones una danza donde se acompaña de cuatro hombres, a la manera del Adagio de la Rosa del primer acto de La Bella Durmiente de Petipa, no exento de cierta sarcástica ironía, y esto es lo que ha encandilado mayoritariamente a los cronistas y al venerable de Covent Garden. El papel de La Reina de Corazones es compartido en segundo cast con la otra estrella española del conjunto londinense: Tamara Rojo.

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© ROH

El coreógrafo Christopher Wheeldon (Yeovil Somerset, 1973) es la gran esperanza creativa del ballet clásico moderno a nivel mundial. Esto es un hecho, buena muestra de sus ballets están en el repertorio de todas las compañías importantes del mundo, y en España las podemos disfrutar en el repertorio del Corella Ballet Castilla-León. Siempre muy inglés a pesar de sus años en Norteamérica, su compositor preferido es Britten y ha tocado con éxito y elegancia temas históricos como Enrique VIII y la cabeza rodante de Ana Bolena. Alicia en el país de las maravillas está en su código genético y en su sensibilidad natural (entró con 11 años a la escuela del Royal Ballet), eso también es evidente, como es un hecho el paralelo con El Cascanueces de Hoffmann que dio lugar al ballet de Chaicovski sobre el guión de Marius Petipa y con la coreografía de Lev Ivanov): una joven en el mundo de los sueños, las escenas de miedo, el ideal principesco, el regreso final a la vida real…

¿Pero cómo acercarse al clásico de la literatura infantil que escribió Carroll? Pues a través de su experiencia balletística, y así lo ha hecho Wheeldon. Pero también hay que preguntarse: ¿ha desaparecido del todo la hipócrita moral victoriana a la hora de biografiar a Lewis Caroll? Evidente que no. Se pasa de puntillas sobre el hecho de que era un cura que retrataba niñas preadolescentes con poca ropa, semidesnudas o disfrazadas según sus fantasías claramente de fondo erótico, y que de paso, la inspiración le dejaba en su tiempo libre escribir una obra maestra entre paseos en barca y excursiones al campo. Las fotografías más comprometedoras de Carroll tardaron décadas en ver la luz y han recibido argumentos justificativos tanto desde el sesudo diván de los psiquiatras como de los estudiosos de la literatura: nos queda la extraordinaria obra como catalizador de virtudes y miserias a medio desvelar, y acaso esas cosas ocultas estén también entre líneas en la obra y algunas se dejan intuir en los ballets, en algunos más que en otros. Wheeldon hace un personaje dicotómico entre Lewis Carroll y el El Conejo Blanco interpretado por Eduard Watson (lo alterna con Jonathan Howells). Lewis Carroll también será personaje de ballet en la creación de Ashley Page que se estrena en abril.

El equipo artístico de Alice’s adventures in wonderland se completa con la música original encargada a Joby Talbot, abundante en citaciones de Chaicovski o Prokofiev, tal como la coreografía de Wheeldon hace sus referidos al Enigma Variations de Frederick Ahston o al Checkmate de Ninette de Valois, dos pilares del ballet británico. Varios críticos londinenses han admirado el segundo acto concebido por Wheeldon como “45 minutos de oro puro”. La obra dura dos horas y media con un solo intermedio. Jann Parry, de Ballet Magazine, concluye: que esta Alicia de Wheeldon es “una alternativa caprichosamente inglesa al omnipresente Cascanueces”. Otros espectadores se han visto golpeados por la fragmentación episódica a que obliga el argumento y Parry razona que es pronto para categorizarlo como “un nuevo clásico de nuestro tiempo”. La obra está hecha en coproducción con el Ballet Nacional de Canadá y participa de manera importante el mecenazgo privado de ambos lados del Atlántico.

Como es fácil imaginar, no hay una sola entrada ni para el gallinero. El público y la prensa se ha quejado de las pocas funciones ofrecidas dentro del estrecho calendario de la casa de ópera titular británica, un teatro que abre prácticamente los 365 días del año y que ofrece sobre todo ópera y ballet tanto local como de grandes compañías extranjeras. Pero hay que entenderlo, aunque se intuyera el triunfo: todo estreno mundial es un experimento, una caja de sorpresas inesperadas. El resultado, clasificado ya como “un nuevo gran ballet para todos los gustos” y primer gran estreno de Royal ballet en los últimos 20 años, se podrá ver de nuevo los días 9 y 15 de marzo con Zenaida Yanowsky en su papel de La Reina de Corazones, mientras que Alicia lo hará el 9 la Cuthbertson y el día 15 la argentina Marianela Núñez. El día 10 bailará Sarah Lamb como Alicia y Tamara Rojo en el papel que hace honores a su apellido: La reina de corazones.

© Roger Salas / El País

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© ROH (ALICE IN WONDERRLAND_Zenaida.reina)

domingo, 11 de octubre de 2009

Una obra de Christopher Wheeldon en el Real

(Schulmann Brothers Studio Christopher Wheeldon rehearsing Morphoses)


Será una fiesta que finalmente una coreografía de Christopher Wheeldon (Somerset, 1973) se vea en España, y que además, pase al repertorio de una compañía española. La pieza “VIII” fue creada en 2002 para el Ballet de Hamburgo (encargada por John Neumeier) y esa misma producción es la que asimila el Ballet Corella Castilla León y se estrena ahora en el Teatro Real sobre música de Benjamín Britten, tras haber sido remontada en ABT por el propio coreógrafo. Será en la gala benéfica del día 15 que recoge fondos para la UNICEF. En Nueva York, “VIII” fue bailada por Alexandra Ferri (Anna Bolena), Carmen Corella (Catalina de Aragón) y el propio Ángel Corella (Enrique VIII), y entonces la coreografía fue modificada tanto en los caracteres solistas como en la extensión de la música, que fue ampliada con otras secciones.

La fulgurante biografía de Wheeldon pasa primero por su carrera de éxito como esbelto bailarín formado en la escuela del Royal Ballet de Londres (ganó el oro en el Concurso de Lausana a los 17), y ya a los 18 era solista en Covent Garden; luego cruza el Atlántico y recala en el New York City Ballet (NYCB), donde baila y comienza a coreografiar. Muy pronto, ni Bruce Weber se resistió a su algo despótico glamour y le retrata para Vanity Fair. La elite neoyorkina le convirtió en su rubio (natural) más mimado y le llovieron premios y propuestas (de todo tipo). Y un talento es un talento, lo más escaso y lo más preciado en la Gran Manzana (después del glamour). Hoy, Wheeldon atesora más de 30 coreografías y sus obras se ven en los teatros más importantes del mundo. Carrera imparable. Es un caso precoz, entendiendo que siempre se tiende a encasillar la creación coreográfica –sobre todo en el ballet- como un acto de madurez. Y probablemente es que en su caso la madurez llega muy temprano, lo que va unido a una excepcional sensibilidad musical y a un gusto exquisito en cuanto a escoger músicas, temáticas y compañeros de viaje. Unanimidad entre los críticos no sólo anglosajones, y algo que es aún más raro: ¡a los bailarines les gusta bailar sus obras!, son elementos que le sitúan como la gran esperanza blanca del ballet actual en todo el orbe (acaso junto al ruso Alexei Ratmanski), porque este chico inglés, que ha obtenido ya casi todos los premios posibles, es un hombre del ballet en sentido estricto. Un fragmento ideado por Wheeldon ha sido integrado en la versión canónica de “El lago de los cisnes” del Royal Ballet. Eso tiene un poder simbólico, y es algo que antes sólo han hecho en la Casa británica Frederick Ashton, Anthony Dowell y Ninette de Valois. Ha creado también su propia compañía, la Morphoses/The Wheeldon Company, con sede transatlántica entre el Sadler’s Well londinense y el Lincoln Center for The Performings Arts neoyorkino: su grupo repite su destino estético personal.

En 2000 Christopher dejó voluntariamente de bailar para concentrarse en la creación (no se dejó dominar por el ego de las tablas y la lisonja del espejo). Para muchos fue un acto de sacrificio, para otros, de inteligencia. En 2001 le nombran en NYCB coreógrafo residente, el más joven en el medio siglo de historia del conjunto.

Con esta biografía, no es raro que escogiera a Enrique VIII para un ballet, un rey que haría hoy las delicias de la prensa rosa. Enrique VIII se casó seis veces; primero con Catalina de Aragón (que le dio una sola hija, apodada después Maria La Sanguinaria). Catalina no hablaba inglés y la declararon nula “ad initio”, y Will Cuppy le da el honor de ser la responsable del renacimiento de la horticultura en las Islas británicas (le regaló un jubón púrpura a Enrique, que lo rechazó por considerar que estaba poco adornado: sólo tenía en el bordado un centenar de perlas minúsculas); esto probablemente no ha sido útil para el ballet de Wheeldon, pero los buenos coreógrafos sacan agua cristalina de un pedrusco, y el biógrafo de la Reina aragonesa, Garrett Mattingly, cuenta cómo esta tímida princesa fue la artífice del famoso encuentro “del prado de oro”, una reunión entre reyes que en realidad devino una competencia a ver quién se ponía encima brocados más refulgentes. Ana Bolena, sin embargo, era otra cosa: le gustaban los chistes y los trabalenguas y su mayor mérito fue ser la madre de la reina Isabel I (otra que merece un ballet y que heredó de su madre “la displicencia ante los acontecimientos”, según Gibbons). Después de ser acusada (se dice que en falso) de adulterio, incesto, alta traición –y eventualmente se agregan robo y brujería-, Ana Bolena fue decapitada limpiamente por un verdugo francés con una espada francesa (lo hicieron viajar ex profeso con su instrumento para la ejecución de marras) y aún hoy se discute entre Lores y Pares si una calle debe llevar su nombre en Londres, pero ella también merecía un papel sobre las zapatillas de puntas: era una consumada bailarina, y así fue elogiada por el poeta William Forrest. Ana Bolena debutó en la corte bailando un dúo (con María, otra princesa debutante hermana de Enrique) en el baile de disfraces de marzo de 1522; su danza fue “en extremo compleja” y fue denominada “glass of fashion”. Marcó tendencia (se había educado en París y hoy sería lo que entendemos por una “fashion victim”). No es cierto que fuera polidáctila (se rumoreaba que tenía seis dedos en la mano izquierda: EL MAL DEL DIABLO) ni que ostentara un lunar en el cuello en forma de hoz ocultado siempre por una joya, y así lo ha asegurado su biógrafo más veraz, Eric Ives. Sí es cierto, sin embargo, que John Foxe la considerara en su libro sobre los mártires como tal, y que así el protestantismo inglés la glosara durante siglos.

En cuanto a Enrique VIII, Martín Lutero le dijo de todo menos bonito (usó en su diatriba tres sinónimos de la palabra “asno”), y es verdad que amaba la música. También la leyenda del silbato de oro es auténtica: se lo colgó del cuello y lo hacía sonar “a todas horas y tan fuerte como un clarinete”. En el elenco de su herencia aparecen 15 organillos, dos clavicordios, 31 espinetas, 27 laúdes, 62 flautas, 11 pífanos, 13 trompas, 13 dulzainas, 78 flautas dulces y 5 gaitas (me parecen pocas gaitas). Cuppy se pregunta en su escrito sobre Enrique VIII dónde fue a parar el silbato “cuajado de brillantes como garbanzos”.

Gala UNICEF. Teatro Real de Madrid. Corella Ballet.

(Obras de Robbins, Wheeldon y Corella). 15 de octubre. 20 horas.

www.generaltickets.com/ www.teatyro-real.com/ www.algelcorella.org/

© 2009 Roger Salas